Preso y luego exiliado, al regresar a la Argentina dejó de ejercer el sacerdocio, y hoy como antes, vive como cooperativista en Villa Ana, Santa Fe. En su testimonio hace un balance sobre aquellos años y cuenta cómo fue su militancia social.
Rafael Yacuzzi, 63 años, campesino, ex cura, fue uno de los gestores de las Ligas Agrarias. Preso y luego exiliado, al regresar a la Argentina dejó de ejercer el sacerdocio. Hoy, como antes, vive y trabaja como cooperativista en Villa Ana, Santa Fe.
--¿Cómo comenzó su militancia social?
--Yo pertenecía a una familia campesina, estaba muy identificado con la vida de los trabajadores rurales y los pequeños productores y, además, trabajaba como trabajo ahora. Me ganaba el pan con el sudor de la frente. Además, como sacerdote, no podía permanecer indiferente al dolor social. Fue una opción que me trajo el rechazo de los más poderosos. Así como, en su momento, había sentido el llamado de Cristo, sentí el llamado de la gente. Para esa época se acentuaba la presencia de la corriente tercemundista y yo no veía contradicciones entre la militancia y el ejercicio del sacerdocio. No por eso dejaba de celebrar la misa, de confesar, de bautizar, etc.
--¿Cuál era la relación entre dar misa y repartir un volante?
--Eran dos actividades que uno se sentía llevado a realizar. Pero no puedo dejar de confesar que cuando uno repartía un volante que hablaba de la organización del pueblo o del rechazo a las injusticias sociales, en el fondo el mensaje era lo mismo, o sea el mensaje evangélico.
--¿Cuál era la actitud de la jerarquía eclesiástica frente a su militancia?
--Hubo ciertas críticas, ciertas incomprensiones. Pero nunca hubo sanciones. El obispo de mi diócesis me hizo algunas observaciones. Pero entre el criterio de la jerarquía y el criterio del Evangelio, me quedé con lo último porque allí estaba la vida de la gente. En esa época había un auge de las luchas sociales y uno se sentía identificado con eso. La gente veía la presencia de los sacerdotes, lo digo en plural, porque éramos muchos los que estábamos en ese camino, como un respaldo concreto, más aún en el Chaco, con monseñor Italo Di Stéfano, aunque años después él se apartó. La gente requería nuestra presencia, y cuando faltábamos a las reuniones después venías las críticas. Me consideraban uno de ellos.
martes, 9 de septiembre de 2008
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